revistaa116

El diálogo,

un espacio para la ética y la democracia

Ed. 116

23OCT4Comprender la cruenta sacudida de violencia que hoy agobia a Colombia, entraña la necesidad de asumir criterios participativos que rebasen los tan corrientemente utilizados por algunos estudiosos e investigadores que fácilmente caen en reduccionismos academicistas. Así, llegan a proponer como explicación suficiente del fenómeno de la violencia una supuesta proclividad al odio, ancestral en el hombre colombiano, o una especie de sino trágico que caracterizaría nuestra historia nacional.

Consecuentemente con tales interpretaciones, desde las más variadas perspectivas sociológicas y políticas se nos indica que si en algún lugar es cierto aquello de que la violencia es la partera de la historia es en nuestro territorio, los predicadores de la crueldad y la barbarie nos asedian desde los más diversos ángulos: conspirando en las altas esferas del poder, alimentan las aspiraciones golpistas de sectores castrenses y promueven la llamada guerra sucia, financiando y encubriendo escuadrones de la muerte y sicarios que atentan permanentemente contra toda manifestación de oposición. De otra parte, también hay quienes nos plantean que las reformas sociales anheladas sólo serán posibles mediante el recurso inevitable de las armas.

Si bien es cierto (como lo señala Clausewitz) que la guerra es la continuación de la política por otros medios y que en el plural panorama político de nuestro país hay quienes han optado por el azaroso sendero del levantamiento armado, queremos expresar claramente desde nuestra marginalidad con respecto a las ciegas identidades colectivas y desencantados de las verdades militantes, que no compartimos este síndrome de guerra tan generalizado hoy en nuestra sociedad.

Creemos que aún es posible diseñar una política democrática y revolucionaria que no implique ese enorme costo en vidas humanas que imponen las “soluciones” armadas. Ante la falsa disyuntiva del total control autoritario y represivo de la sociedad o guerra insurreccional, el desafío radica en fundamentar racionalmente un proyecto de estrategia gradual al socialismo que no desdeñe el manejo ético de la política y que no signifique renunciar a la utopía libertaria.

No se pueden ondear las banderas de la tolerancia y del pluralismo simplemente con criterios tácticos de corto alcance; se debe establecer una propuesta política sustentada en el Derecho y la Libertad, que seguirán siendo perdurablemente la respuesta de la racionalidad y la ilustración frente al terror y la antidemocracia.